El Holocausto como coartada
- Jaume Asens

- 24 may 2025
- 4 Min. de lectura
Quienes hoy gritan “Palestina libre” no niegan la Shoá. La recuerdan. La invocan para impedir que se repita, en otro lugar, con otras víctimas
Decir “Palestina libre” no es un acto de odio. Es una expresión de justicia. Sin embargo, Benjamin Netanyahu este jueves 22 de mayo ha osado comparar esa consigna con el saludo nazi “Heil Hitler” a raíz del asesinato de dos trabajadores de la embajada de Israel en Estados Unidos. Lo ha hecho no por ignorancia, sino como parte de una estrategia calculada: criminalizar la solidaridad con Palestina, asociar toda crítica a Israel con antisemitismo y blindar así la impunidad de un Estado que se presenta como víctima mientras perpetra un crimen a la vista del mundo.
No es nuevo. Ya en 1988, el historiador israelí Yehuda Elkana advertía en su célebre ensayo Elogio del olvido cómo el trauma de la Shoá fue manipulado por las élites israelíes para alimentar una identidad nacional basada en el miedo, la excepcionalidad y el victimismo perpetuo. “Lo que ocurrió en Alemania puede ocurrir en cualquier parte, con cualquier pueblo, incluido el mío”, escribió Elkana con lucidez premonitoria.
Para él, el uso político del Holocausto no solo deformaba la memoria, sino que moldeaba una psicología colectiva dominada por la angustia existencial, la desconfianza universal y la lógica del asedio permanente. Netanyahu no ha inventado nada. Antes que él, David Ben Gurión ya había equiparado la liberación de Palestina con una nueva Shoá. Ya había formulado la ecuación “árabes = nazis”. Lo que hoy llama “amenaza existencial” tiene décadas de gestación: es la prolongación ideológica de una narrativa que nazifica al enemigo para justificar su aniquilación.
Así se construyó, como advirtió la filósofa israelí Idith Zertal, una identidad nacional fundada no en el duelo, sino en su instrumentalización política. Israel dejó de conmemorar la Shoá como advertencia para convertirla en coartada. Del “Nunca más” para todos, al “Nunca más” solo para nosotros. En vísperas de la guerra de 1967, la sociedad israelí ya vivía bajo una suerte de histeria colectiva inducida, convencida de que una nueva catástrofe era inminente. La memoria tergiversada, la educación patriótica y el adoctrinamiento sistemático han generado un universo mental desconectado de la realidad, donde toda crítica es odio, todo palestino es una amenaza, y toda resistencia equivale a exterminio.
Ese mismo fenómeno se extiende hoy a Europa y, de forma especialmente dolorosa, a Alemania, donde el sentimiento de culpa histórica ha derivado, en muchos casos, en una forma de obediencia política y ceguera moral. Lo que debería haber sido un compromiso con los derechos humanos universales se ha convertido, para muchos gobiernos, en una coartada para apoyar, justificar o silenciar un nuevo crimen. Alemania, en nombre de su pasado, sigue vendiendo armas a quien bombardea hospitales y campos de refugiados. El miedo a ser acusada de antisemitismo la ha convertido en cómplice de otro genocidio.
Netanyahu conoce ese resorte mental y lo utiliza sin escrúpulos. En su reciente declaración, al comparar “Palestina libre” con “Heil Hitler”, se dirigía a Europa. A sus élites. A quienes –ante la magnitud del crimen– empiezan tímidamente a cuestionar su complicidad. Por eso, les ha advertido de que cualquier gesto de crítica o distanciamiento “ayuda a Hamás”. Como si el único modo de proteger a Israel fuera permitirle arrasar Gaza.
Así convierte la culpa en chantaje, la memoria en arma y el pasado en licencia para destruir el presente. Y lo peor es que muchos gobiernos europeos –paralizados por su propio reflejo– siguen cayendo en la trampa. Por eso, que Netanyahu compare “Palestina libre” con “Heil Hitler” es una victoria póstuma de Hitler. Porque consagra su lógica, reproduce su visión paranoica del mundo como un campo de enemigos irreconciliables y convierte el trauma de Auschwitz en un arma ideológica.
El uso político del trauma en Israel se ha convertido en una fuente inagotable de justificación del mal. Hoy, la Shoá ha dejado de ser un límite ético para transformarse en excusa para la barbarie.Por eso, muchos supervivientes, como Primo Levi, ya abogaban por una cierta amnesia parcial, conscientes de que la memoria convertida en fetiche podía corroer la decencia.
La comunidad política israelí actual –obsesionada con la pureza étnica, dotada de rasgos mesiánicos, atrapada en una lógica de excepcionalismo moral– ya no se limita a defender su existencia: exige obediencia, exige silencio, exige complicidad. Se muestra impermeable a la crítica y al diálogo racional con el resto del mundo. Y quienes no la otorgan, son marcados como enemigos. Incluidos los propios judíos que se niegan a convertir el pasado en una cárcel.
El historiador israelí Meir Margalit lo expresó con claridad: la ocupación prolongada es el mayor enemigo del pueblo judío, porque destruye su alma y su legitimidad moral. Quienes hoy gritan “Palestina libre” no niegan la Shoá. La recuerdan. La invocan para impedir que se repita, en otro lugar, con otras víctimas.
La memoria de la Shoá es necesaria. Pero para abrir caminos hacia el futuro, no para quedar anclados en un pasado de victimismo obsesivo o temor existencial paralizante. Solo si Israel llega a asumir la legitimidad de otras víctimas, y acepta que, en su afán de asegurar un futuro para su pueblo, ha convertido a otros en víctimas, podrá reconciliarse con su entorno. Pero mientras crea que Auschwitz le otorga inmunidad, no habrá paz, ni justicia, ni verdad.
Israel, al definirse en torno a la Shoá, ha contribuido a su banalización más perversa: la de convertir su memoria en justificación de lo injustificable. “Palestina libre” no es antisemitismo. Es su antídoto. Un antídoto contra la injusticia, contra el supremacismo, contra la deshumanización. Y un grito de lucha por la dignidad, no una amenaza para Israel. Es una esperanza para todos los pueblos, incluido el judío.




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