Último día. El regreso que no es una rendición
- Jaume Asens

- 12 jun 2025
- 10 Min. de lectura
Actualizado: hace 9 horas
La Marcha se desconvoca. No porque haya fracasado, sino porque ha sido asfixiada. Replegada, no derrotada.
17 de junio de 2025. Último día. El regreso que no es una rendición
La Marcha se desconvoca. No porque haya fracasado, sino porque ha sido asfixiada. Replegada, no derrotada.
La organización recomendó ayer a los participantes volver a casa. Algunos necesitarán ayuda para hacerlo: el fondo de emergencia servirá para sufragar parte de los regresos. No hay nuevas acciones previstas por ahora. Pero el espíritu no se disuelve. La resistencia no siempre avanza en línea recta. A veces retrocede para poder seguir.
A estas horas, la mayoría ya está regresando a sus países. Yo me he ido hoy directamente a Estrasburgo para seguir luchando por Gaza desde allí. Hay heridas, rabia y frustración, pero también algo que se parece al orgullo. Haber estado aquí. Haber intentado llegar. Haberlo hecho juntas.
Entre cafés fríos y maletas a medio cerrar, han llegado noticias como la liberación de Manuel Tapial o del diputado irlandés Paul Murphy, detenido por segunda vez al intentar recuperar su móvil. Su pasaporte fue devuelto tras la intervención del Gobierno irlandés, pero el teléfono sigue retenido. La solidaridad continúa siendo vista como una amenaza, incluso cuando no porta más que intención y palabra.
Nos hemos enfrentado no solo al Gobierno de Egipto, sino a un cerco diplomático internacional donde nadie quería mirar de frente a lo que representábamos. Tel Aviv da las órdenes. Al Sisi reprime. Europa silba.
El problema no es solo Israel. También lo son las dictaduras árabes que colaboran con su política de exterminio. Gobiernos como el de Egipto, que cierran la frontera de Rafah y reprimen brutalmente a quienes intentan romper el cerco, actúan como cómplices activos del bloqueo y del genocidio. No hay neutralidad en este mapa: quien no ayuda a romper el asedio, lo refuerza. Quien persigue la solidaridad, respalda el crimen.
La Marcha no ha podido llegar a Rafah. Y aunque no cruzamos la frontera, la hicimos visible.
El mismo día de la desconvocatoria, al menos 60 palestinos fueron asesinados por fuego israelí al esperar ayuda humanitaria en Gaza –otra masacre más, otro grito silenciado–. Los hospitales están saturados. Los niños, otra vez, entre los cuerpos. El Ejército israelí ya no distingue entre combate y exterminio. Nunca lo hizo.
Mientras tanto, en más de cien ciudades de España –Madrid, Tarragona, Lugo o Toledo–, cientos de miles de personas salieron a la calle. Cineastas, músicos, periodistas, cultura viva transformando indignación en acción. Un mensaje claro desde allí: no estáis solas.
También resonaron voces israelíes disidentes como Amit Halevy o Mayan Eliahu Ifhar, mujeres judías que llevan carteles con mensajes de “compasión”, “alto al fuego”, “niños”. En Tel Aviv protestan por la paz. En Jerusalén desafían a soldados y a la lógica del miedo. El hartazgo empieza a abrir grietas.
Aún quedan compañeros y compañeras detenidas, como Saif, retenidas bajo acusaciones vagas, en aislamiento y, según múltiples testimonios, sometidas a torturas físicas y psicológicas. Amnistía Internacional y Human Rights Watch han denunciado estas prácticas sistemáticas en Egipto. Exigimos que estos hechos sean llevados con urgencia a los organismos internacionales:
– al Comité contra la Tortura de la ONU y al Relator Especial sobre la Tortura;
– al Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias;
– y a las organizaciones regionales de derechos humanos, para que se investigue y se actúe.
La Marcha ha terminado. Pero su eco resiste. En cada cámara confiscada, en cada pasaporte retenido, en cada palabra censurada. En cada cuerpo que no cruzó la frontera, pero se convirtió en frontera. Este no es el final. Es un punto y seguido. Una pausa. Una respiración. Una promesa.
Volveremos a Gaza. Por tierra, por mar, por aire, por palabra. Volveremos.
14 de junio. Día 3. Bajo el sol, frente a los muros
Ya sabíamos que la jornada sería tensa. Lo intuíamos desde la noche anterior –como relatamos en el diario del Día 2–, cuando comenzaron las primeras retenciones, la confiscación de pasaportes y los movimientos policiales a las afueras de la capital. Por eso, a primera hora, nos convocamos para valorar la situación y definir colectivamente cómo seguir.
Las autoridades egipcias, siguiendo el dictado de Tel Aviv, multiplicaron los retenes en las salidas de la capital. A las 13:45, la organización de la Marcha informaba que les había sido retenido el pasaporte a cuarenta participantes. Otros quince fueron confinados en hoteles.
Mi grupo intentó avanzar hacia el punto de encuentro –Ismailia, a unas dos horas de El Cairo–. Pensábamos que si nos alejábamos del caos de la capital, al menos sería más fácil encontrarnos. Por eso la organización había propuesto ese lugar: un punto intermedio, fuera del control más estricto, donde reagruparnos. Pero en ese momento los taxis ya se negaban a llevarnos. Sabían que la carretera se había convertido en una ratonera. La propia organización nos pidió entonces que diéramos media vuelta, que regresáramos a la capital. Había que intentar frenar la escalada represiva por la vía política y diplomática. Desde ese momento, todo se volvió más incierto.
El Cairo es un caos. Todo se convierte en una odisea: moverse, hablar, organizar. La ciudad es un laberinto sin centro, donde el tiempo se diluye y las certezas se evaporan. Como escribió Naguib Mahfuz, su novelista más lúcido, “todo en El Cairo parece aplazado, incluso el desastre”. Pero aquí, en estos días, el desastre no se aplaza: se organiza desde arriba y se impone desde abajo.
Mientras tanto, los pocos compañeros que consiguieron llegar a Ismailia fueron expulsados de sus hoteles. Se quedaron en la calle, bajo el sol y sin techo. Se han producido muchas situaciones dramáticas: incertidumbre, agotamiento, tensión, aislamiento. Y, sin embargo, también hay gestos de solidaridad. Y actos de desobediencia civil.
Hablamos con el Consulado y con el Gobierno de España. Hicimos llegar nuestra preocupación al ministro de Exteriores, José Manuel Albares. Fuimos hasta la embajada, donde analizamos la situación con el embajador e intentamos abrir una vía de negociación con las autoridades egipcias. Pero, de momento, sin éxito. Desde el inicio la comunicación con Egipto ha sido difícil. Pese a haber comunicado con antelación y conforme a la ley egipcia nuestra voluntad de ir hacia Rafah, el gobierno decidió no responder. Optó primero por el silencio administrativo primero y después por la represión directa: una escalada injustificada, arbitraria y profundamente injusta.
Ante esta ofensiva, algunos anunciaron una huelga de hambre. Otros intentaron celebrar asambleas. No hay permiso formal para avanzar, pero tampoco hay voluntad de detenernos.
El régimen del déspota Al Sisi ha respondido con una estrategia de desgaste: controles militares, deportaciones arbitrarias, agresiones y hostigamiento sistemático, especialmente contra activistas del Sur Global. Según fuentes de la propia organización, ya se cuentan más de 200 deportaciones. La represión se ha extendido a hoteles, carreteras y aeropuertos. A muchos les han quitado los pasaportes. A otros, el derecho a caminar. Pero no han conseguido borrar el motivo del viaje: por un lado, aliviar el hambre y la agonía en Gaza; por el otro, despertar a una parte de la opinión pública mundial, anestesiada por la complicidad, el miedo o la indiferencia.
Mientras tanto, desde Israel, el gobierno de Netanyahu exige a Egipto que impida la llegada de “manifestantes yihadistas” a la frontera. El cinismo de la acusación es brutal: quienes lanzan bombas nos llaman provocadores. Quienes bloquean comida nos llaman violentos. Quienes masacran a un pueblo nos acusan de odio.
Y mientras eso ocurre, al fondo de esta escena egipcia, se agita la sombra de Irán. Las tensiones regionales no son un telón neutro: son parte del escenario. Gaza es una herida abierta, pero también un campo de fuerza donde se cruzan estrategias imperiales, miedos cruzados y alianzas de conveniencia. Aquí nada es inocente. Lo que nos niegan en las fronteras, lo revela el mapa: quieren aplastar no solo a un pueblo, sino todo gesto de solidaridad.
La mayoría de la Marcha ha regresado esta noche a El Cairo.
Mañana, las delegaciones se reunirán para decidir cómo continuar. No será fácil. Pero no hay cansancio que supere a la conciencia de estar del lado correcto de la historia.
13 de junio. Diario de una marcha: día 2
Camuflados entre turistas, ayer logramos pasar la frontera.
No fue fácil. A diferencia de otras ocasiones, en el aeropuerto de El Cairo había un doble control. El primero, rutinario. El segundo, más tenso, más inquisitivo. Pero el desborde de gente jugó a nuestro favor. Nos deslizamos entre la multitud como quien se oculta a plena luz del día.
Habíamos preparado una coartada: los lugares turísticos que íbamos a visitar, las respuestas ante posibles interrogatorios, los objetos que sí y los que no podíamos llevar. Incluso ensayamos mentalmente, por si tocaba improvisar bajo presión. Nos disfrazamos de turistas. Pero no éramos turistas. Éramos cuerpos en tránsito con una intención que no cabe en ninguna visa: caminar hacia Gaza.
Antes de embarcar, tuvimos que desprendernos del saco de dormir, del pañuelo palestino y de cualquier objeto que pudiera despertar sospechas. Cada detalle importaba. Cada gesto podía marcarnos. También decidimos cambiar de hotel: el nuestro estaba demasiado cerca del grueso de la delegación española, y eso podía ponernos en riesgo. La prudencia no era cobardía, era parte de la estrategia.
Tomamos muchas precauciones. No era paranoia. Sabíamos que este no era un viaje cualquiera, sino una travesía vigilada, incómoda, potencialmente reprimida. Otros antes que nosotros fueron detenidos, interrogados o deportados por intentar lo mismo. Muchos no tuvieron nuestra suerte. Les pararon. Les interrogaron. Les expulsaron.
La represión ayer escaló. En el chat encriptado íbamos viendo las bajas. Egipto, presionado por Israel y Estados Unidos, había desplegado una maquinaria de control, amenazas y expulsiones. Más de 200 activistas fueron detenidos. A algunos los sacaron de sus habitaciones en plena noche. En este viaje no hay garantías. Solo hay decisión. Y la nuestra está intacta. Seguimos. Aunque nos quieran detener, ya estamos del otro lado.
El miedo como rutina
Hoy, al despertar, la realidad de este viaje se siente más densa, más palpable.
La primera noticia que recibimos es un nuevo bombardeo. Esta vez, Israel ha atacado Irán. Otro acto de agresión unilateral, otra violación del derecho internacional. No se trata de defender un régimen, sino de recordar que ningún Estado puede arrogarse el derecho de bombardear a otro sin consecuencias. La impunidad es el oxígeno de Israel. Y el silencio internacional, su cómplice.
Desde esta orilla, cada noticia como esta resuena más fuerte. Porque mientras atravesamos controles, escondemos nuestros nombres y tememos una deportación, los verdaderos delincuentes bombardean países enteros sin rendir cuentas. Nosotros somos vigilados. Ellos, premiados. El mundo está del revés.
Anoche, en la madrugada, nos encontramos en el hotel con una chica de Madrid. Su grupo era de diez personas. Solo dos lograron pasar el control sin ser detenidos. El resto fue retenido, interrogado, deportado. Su relato nos dejó una mezcla de impotencia, rabia y determinación.
El Cairo nos muestra su cara más dura. En este mismo hotel, la policía realizó una redada, nos cuenta otra señora española. Agentes irrumpieron en su habitación sin miramientos, con la autoridad de quienes saben que la humanidad puede ser aplastada con una firma o una orden. La retuvieron durante doce horas en una comisaría. Una eternidad de incertidumbre y angustia. Después, la dejaron ir. Sin disculpas. Sin explicaciones. Solo un mensaje claro: aquí, el poder puede hacer lo que quiera.
Nos fuimos a dormir con la sensación de que, en cualquier momento, podían venir a por nosotros. Que alguien llamaría a nuestra puerta como si fuéramos delincuentes. Fue una de esas noches en las que todo parece estar en silencio, pero el miedo se agolpa en los rincones. Cualquier ruido parecía anticipar un desenlace.
Hoy hemos cruzado la frontera. Pero la marcha aún no tiene luz verde. Esta mañana se ha convocado una reunión con las autoridades egipcias para negociar si autorizan o no nuestra salida hacia Gaza. Para que entiendan que nuestra acción no va contra ellos.
Mientras tanto, nos reencontraremos quienes sí logramos pasar. Compartiremos información, valoraremos la situación, haremos balance. El grupo ha quedado diezmado. La expedición, considerablemente reducida. Aun así, seguimos. Porque cada cuerpo que avanza es también un símbolo. Una grieta en el muro del miedo.
12 de junio. Diario de una marcha: día 1 — Rumbo a Gaza
“En medio del odio, me pareció que había dentro de mí un amor invencible. En medio del caos, me pareció que había dentro de mí una calma invencible.” —Albert Camus
Hoy partimos hacia El Cairo.
Desde allí, si todo va según lo previsto, mañana saldremos temprano en autobús hacia Al-Arish, una ciudad del norte del Sinaí, muy cerca de la frontera con Gaza. Por la tarde comenzará la marcha. Serán tres días enteros caminando por el desierto del Sinaí. No parece mucho, pero quien ha estado aquí sabe lo que significa: el sol no perdona, el viento levanta partículas que arañan la piel, y el silencio tiene un peso que a veces aplasta.
Nuestro destino es Rafah, una herida abierta. El paso fronterizo donde centenares de camiones con ayuda humanitaria siguen bloqueados por el ejército israelí. Todo retenido con un solo objetivo: hacer inhabitable Gaza. Convertir el castigo colectivo en método, en política de Estado. Gaza muere no solo bajo las bombas, también de sed, de hambre, de abandono.
Esa es la ruta. Pero este viaje no se mide solo en kilómetros. Hay algo más que nos empuja: la necesidad de decir basta, de convertir nuestros cuerpos en mensajes, nuestras pisadas en denuncia.
Preparar la mochila no ha sido fácil. El desierto exige ligereza: ropa transpirable, zapatos firmes, bufanda para el polvo fino, agua embotellada, protector solar, repelente de mosquitos, saco de dormir, sales de rehidratación, jabón desechable, artemisia contra serpientes o escorpiones, un sombrero ancho. Pero lo más importante no pesa: la memoria, la dignidad, el compromiso.
Sabemos que Egipto puede detenernos. Que puede deportarnos. Es una dictadura aliada de Israel, pese a que su pueblo se opone mayoritariamente al genocidio en Gaza. Israel no actúa solo. No solo Occidente le ofrece dinero, armas y blanquea el genocidio. Muchas dictaduras árabes también lo hacen. Sin ir más lejos, el año pasado Erdogan, en Turquía, nos impidió zarpar con la Flotilla por la Libertad. Llevábamos semanas preparándonos, y al final nos obligaron a quedarnos en tierra.
En este viaje sabemos que probablemente nos esperan controles, interrogatorios, tal vez detenciones. Pero también sabemos que al otro lado de ese desierto hay vidas que resisten. Que en cada niño desnutrido, en cada madre desesperada, en cada médico sin suministros, hay una acusación silenciosa que nos obliga a actuar.
Este no es un viaje cualquiera. Es una marcha hacia la decencia. Y hacia la memoria. Porque dentro de unos años –cuando las bombas hayan cesado o se hayan vuelto rutina– alguien preguntará qué hicimos mientras Gaza moría. Y nosotros, al menos, podremos decir que caminamos. Que no aceptamos la lógica del verdugo. Que nos pusimos en marcha.




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