El artículo sostiene que emitir la actuación de Israel en Eurovisión no es un acto neutral, sino una forma de blanqueamiento cultural de un gobierno acusado de genocidio. Denuncia el doble rasero europeo frente a otros conflictos, vincula el espectáculo con la banalización del mal y reclama un boicot institucional y mediático, recordando que la cultura sin conciencia se convierte en propaganda y complicidad.