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Partituras manchadas de sangre

Que RTVE emita la actuación de Israel en Eurovisión es una forma de legitimar a un Gobierno genocida

Eurovisión se presenta como una exaltación de la música, la diversidad y la paz. Pero este año, esos valores no solo suenan huecos: suenan obscenos. Bajo los focos del espectáculo, se proyecta la sombra de un genocidio retransmitido en directo.


En 2022, Europa escuchó la voz de Ucrania. Y lo hizo bien: expulsó a Rusia del certamen. Aquel gesto fue entendido como una toma de posición ética. Un acto de solidaridad con un pueblo agredido. Pero esta vez, Europa abandona a las víctimas y se pone del lado del verdugo. No solo enviando armas. También prestando sus altavoces.


Israel subirá al escenario en Basilea mientras continúa exterminando a la población civil, impide el acceso de ayuda humanitaria a Gaza y reduce a escombros hospitales y escuelas. Como si la sangre no manchara las partituras o las bombas pudieran silenciarse con fuegos artificiales.


En ese contexto, emitir esa actuación no es un gesto neutral. Es una provocación moral. Un acto de blanqueamiento cultural. Una forma de legitimar, mediante el espectáculo, a un Gobierno acusado de genocidio y sobre cuyo presidente, Benjamín Netanyahu, pesa una orden de detención de la Corte Penal Internacional.


La historia nos advierte contra estas formas de banalización del mal. En 1936, los Juegos Olímpicos de Berlín sirvieron para proyectar una imagen amable del nazismo mientras ya se gestaba la maquinaria del exterminio. Muchos pidieron entonces su boicot, pero se impuso la lógica del espectáculo. Poco después, los trenes comenzaron a partir hacia Auschwitz. Con Sudáfrica ocurrió lo contrario: su exclusión de eventos culturales y deportivos fue clave para aislar diplomáticamente al régimen del apartheid. Y más recientemente, tras la invasión de Ucrania, nadie cuestionó la decisión de expulsar a Rusia de Eurovisión.


¿Por qué con Israel se aplican otros estándares? ¿Por qué se normaliza a quien destruye campos de refugiados, bombardea a niños y desprecia cada resolución de la ONU? ¿Por qué se prohíbe al público exhibir la bandera palestina mientras se despliega sin rubor la del Estado que está perpetrando un genocidio? ¿Os imagináis que Eurovisión hubiera prohibido la bandera ucraniana mientras permitía ondear la rusa? Pues eso es exactamente lo que pasará este sábado. No es neutralidad: es complicidad. No es una pregunta retórica, sino jurídica. Lo dice el Estatuto de Roma. Lo dice el Derecho Internacional Humanitario. Lo dice la conciencia jurídica europea: no se puede tratar con normalidad a quien comete crímenes atroces contra la población civil. 


La filósofa Hannah Arendt habló de la banalidad del mal: de cómo el horror puede camuflarse bajo gestos burocráticos, decisiones funcionales o discursos técnicos. Hoy asistimos a su versión mediática: la banalidad del espectáculo. La estetización de la violencia. La barbarie con banda sonora. Su amigo Walter Benjamin también nos lo advirtió: “No hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie”. Detrás de cada obra celebrada, puede haber una historia silenciada. Detrás de cada coreografía, una fosa común.


Por eso es urgente impulsar un boicot institucional, cultural y mediático. No solo desde los gobiernos, sino desde la sociedad civil organizada: los sindicatos, los colectivos artísticos o las asociaciones de defensa de los derechos humanos. Ya ocurrió con el apartheid o con la guerra de Vietnam. Fueron los movimientos sociales los que encendieron primero la conciencia colectiva. Es hora de hacer lo mismo.


Más de 70 ex-concursantes de Eurovisión ya han firmado una carta abierta pidiendo la exclusión de Israel del certamen. También hay una campaña en marcha para que las televisiones públicas no emitan su actuación. La sociedad civil se mueve. Ahora le toca a las instituciones estar a la altura. Bélgica ya dio un paso. Fruto de esa presión social, la televisión pública en lengua flamenca decidió el año pasado no emitir la actuación de Israel. En España debe suceder lo mismo. El mandato legal de RTVE es claro: defender los valores constitucionales, los derechos humanos y el derecho internacional. Emitir esa actuación supondría violar ese mandato y convertirse, por omisión, en cómplice de una maquinaria propagandística.


La cultura es una herramienta de libertad. Pero cuando se pone al servicio del exterminio de un pueblo, no solo fracasa moralmente. En realidad, deja de ser cultura. Se convierte en simple propaganda. Un instrumento de encubrimiento. Lo recordaba Theodor Adorno, tras el Holocausto: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. No porque condenara el arte, sino porque sabía que la cultura puede volverse cómplice si se desconecta del sufrimiento humano. En pleno genocidio, no podemos normalizar lo intolerable sin traicionar su memoria. No podemos mirar hacia otro lado mientras cantamos o aplaudimos con los verdugos. Porque no hay verdadera cultura sin conciencia. Y no hay belleza legítima si no está del lado de quienes sufren.


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